Había una vez un circo...
El gran negocio del entretenimiento, groseras imposiciones televisivas: sucesos, muertes, asesinatos, desgracias variadas, desgraciados variados, poca o ninguna educación y sobre todo entretenimiento para que el público no piense en lo verdaderamente importante.
Se ha criticado a algunos por hacer montajes, a otros por morder el anzuelo y a pocos por no tener algo de sentido común, honradez, decencia y profesionalidad. Imposible es pedir peras al olmo. En algunos programas se pagó dinero a ex-delincuentes para que contaran sus casos, el colmo del disparate: vamos a premiar encima a estos personajes, para dar una buena imagen a todos los niños (y adultos) del planeta, una imagen a seguir.
Para triunfar en la vida, ya no es necesario estudiar, para qué... Mira, mamá, ese chaval que no trabaja, con ser hijo de quien es todo el dinero que le pagan. En esta vida hay que ser famoso, concursar en el Gran Hermano, cantar en Operación Triunfo, bailar en Fama (Alan Parker debe tener una úlcera de tamaño ciclópeo...) y salir en el diario de Patricia, a contar que te enfadaste con tu vecina del quinto, porque regó tus macetas sin permiso... y otras situaciones tan tristes como lamentables. Sólo hay que ver la programación de la televisión... esto es lo que se vende. Espectáculo, entretenimiento, a veces poniendo la propia vida como foco del mismo: la intimidad, ese derecho tan preciado e imprescindible. La vida y la muerte también: los mayores valores humanos están a la venta, tienen precio y algunos han pagado por ellos. No hay remordimientos, cargo de conciencia, ética... solo un precio, un objetivo, las cámaras de televisión, un grupo de gente supuestamente debatiendo sobre hechos aun no resueltos y lo demás un espectáculo grotesco.
Me recorre una incómoda sensación cada vez que veo la televisión... siempre me acuerdo de 1984... si Orwell estuviera vivo podría ver en cuánto acertó. ¿Este es el futuro que queremos dejar? Que no cuenten conmigo.
Se ha criticado a algunos por hacer montajes, a otros por morder el anzuelo y a pocos por no tener algo de sentido común, honradez, decencia y profesionalidad. Imposible es pedir peras al olmo. En algunos programas se pagó dinero a ex-delincuentes para que contaran sus casos, el colmo del disparate: vamos a premiar encima a estos personajes, para dar una buena imagen a todos los niños (y adultos) del planeta, una imagen a seguir.
Para triunfar en la vida, ya no es necesario estudiar, para qué... Mira, mamá, ese chaval que no trabaja, con ser hijo de quien es todo el dinero que le pagan. En esta vida hay que ser famoso, concursar en el Gran Hermano, cantar en Operación Triunfo, bailar en Fama (Alan Parker debe tener una úlcera de tamaño ciclópeo...) y salir en el diario de Patricia, a contar que te enfadaste con tu vecina del quinto, porque regó tus macetas sin permiso... y otras situaciones tan tristes como lamentables. Sólo hay que ver la programación de la televisión... esto es lo que se vende. Espectáculo, entretenimiento, a veces poniendo la propia vida como foco del mismo: la intimidad, ese derecho tan preciado e imprescindible. La vida y la muerte también: los mayores valores humanos están a la venta, tienen precio y algunos han pagado por ellos. No hay remordimientos, cargo de conciencia, ética... solo un precio, un objetivo, las cámaras de televisión, un grupo de gente supuestamente debatiendo sobre hechos aun no resueltos y lo demás un espectáculo grotesco.
Me recorre una incómoda sensación cada vez que veo la televisión... siempre me acuerdo de 1984... si Orwell estuviera vivo podría ver en cuánto acertó. ¿Este es el futuro que queremos dejar? Que no cuenten conmigo.